El retorno de la Virgen trajo gran regocijo a Mijas, pero aunque el testimonio de los dos niños que habían presenciado la aparición de la Virgen se encontraba ya en el Ayuntamiento, los hombres de está no se daban gran prisa en obedecer la petición de la Virgen de tener su Capilla en la roca bajo el Castillo de la Peña. Por el contrario, el proyecto quedó, durante 70 años, y tal vez aún estaría así de no ser por la fe, perseverancia y amor a la Virgen de un piadoso ermitaño, el Hermano Diego de Jesús, María y San Pablo.
Un día de 1656 tras haber intentado durante muchos años interesar a las autoridades civiles y eclesiásticas, el pequeño ermitaño tomó su pico y atacó la roca. Al principio sirvió de risa al populacho, después, objeto de lastima, y la gente del pueblo le traían agua, pan y queso, pero no le ayudaban en su tarea. El hermano Diego no desfalleció; día tras día, durante los siguientes 26 años excavó incesantemente la dura roca y gradualmente su acto de fe tan inmenso se ganó el respeto y la admiración del pueblo entero. Cuando terminó el Santuario de la Virgen en 1682, fue invitado a una reunión del Consejo para ser honrado.
El Hermano Diego aprovechó la ocasión para proponer que el castillo de la Peña, que después de más de 100 años de paz había sido abandonado y estaba casi en ruinas fuese reparado por la Villa y convirtió en Hospicio de los Carmelitas Descalzos.
El pequeño Hermano, para entonces ya considerado un Santo viviente, pidió esto en forma tan conmovedora que las autoridades votaron unánimemente a favor de la propuesta, pero debido a la magnitud del proyecto y a su costo decidieron que debía ser ratificada en reunión plenaria abierta del Consejo con la asistencia de todo el pueblo de Mijas.
Los Carmelitas Descalzos tomaron al humilde Hermano en su seno de por vida, y que cuando el muriese fuese enterrado allí con todos los ritos de los monjes del hospicio, que sería construido sobre la Peña que el había labrado. El pidió que su tumba no tuviese marca alguna, le era suficiente que sus huesos reposaran cerca de lo que había sido el trabajo y el amor de su vida, la Virgen de la Peña.
El eremita Diego de Jesús María y San Pablo, murió santamente el 6-7-1731. Sus restos descansan en la Ermita de la Virgen de la Peña de Mijas, en virtud de los acordado en el referido Cabildo de 8-9-1682, que disponía que, en reconocimiento al celo con que durante 26 años había cuidado la Ermita, en cuyo tiempo se había reedificado y aumentado la devoción a la Virgen, que los religiosos fundadores viniesen obligados a recoger en dicho Santuario hermano durante toda su vida, y al fallecer, se hiciera el mismo entierro e iguales exequias que a los religiosos.


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