sábado, 26 de febrero de 2011

LA PEÑA DE MIJAS, LUGAR DE CURACIÓN

“ De lejos, de muy lejos, viene la señora Francisca, a pié sostenido sobre su espalda el cuerpo débil de su nieto, el pequeño Enrique, paralítico desde hace años. El pequeño enrique que ha perdido a su padre enfermo y mutilado de la reciente guerra entre España y el Rey Sol (Luis XIV de Francia), abraza el cuello de la anciana con sus manecitas blancas en las que se transparentan las venas de un azul celeste. Allá, en la aldea perdida entre los repliegues de los montes resecos, queda la buena madre, al cuidado de sus hermanitas a las que recuerda con dulce nostalgia. Gruesas gotas de sudor resbalan por el rostro cetrino y surcado el fardel de las viandas, y bajo el brazo, las muletas del enfermo. Las manecitas de Enrique le aprietan la garganta y le producen tal fatiga, que sus ojos estriados de sangre, se velan como tras una nube; pero ella anda sin cesar, confiada que la Virgen de la Peña ha de restaurar la salud del nieto que, será sostén de la familia, que queda sin amparo en la aldea remota.
El sol se pone cuando llega a Churriana, pueblecito de casas blancas que como peldaño la invitaba al ascenso. Alrededor, campos de amarillos rastrojos y arboledas; más allá, el valle de Las Pavitas que da agua para cinco molinos y fecundiza numerosas huertas, y arriba, en la cumbre que se yergue altanera sobre la inmensidad marítima, oscuros bosques de pinos extendiéndose hasta la lejanía llena de misterio. La noche acecha. Enrique suelta sus manos del cuello de su abuela y sentados sobre el pasto seco que crece junto a las ruinas del Castillo de los Valientes, descansan después del sobrio yantar.
Amanece. De todos lados, por todos los senderos, viene un tropel que se acerca y avanza. Todos se dirigen hacia aquella montaña sobre la que se asienta un pueblecito que en tiempo de la dominación romana en espada se llamó Tamisa, que en el siglo IX tuvo una fortaleza inexpugnable, la soberbia fortaleza de Mixa que, con la de Comarix, eran las llaves que custodiaban la tierra de los naranjales y limoneros, y en donde un día, cuando la centuria que vio reinar a los reyes Católicos tocaba a su fin, sobre roca puntiaguda y agreste, se apareció a los hombres, la excelsa Madre de Dios.
Sobre la pendiente desnuda, negrea la gente como en un hormiguero. En carretas engalanadas de las que tiran mansos bueyes, a caballo, sobre jumentos enjaezados con aparejos bordados de los que dependen flecos de grana, a pié, de cerca y de lejos, de todas partes, acude gran multitud de gente. Los hay pobres, descalzos, andrajosos y, también, ricos, luciendo ropilla de terciopelo, cuellos de encaje y chambergos de plumas. Cada uno trae sobre si una enfermedad y la esperanza de liberase de ella. Algunos se arrastran igual que serpientes, otros andan con muletas, quienes con úlceras malignas en todo el cuerpo; cuáles ciegos, mutilados, tullidos. Todos se encaminan hacia arriba.
De  la cumbre baja ya la voz metálica de la enorme campana, de peso superior a tres quintales castellanos, en llamada de “Amor y Esperanza”.
Al fin, escalan “El Compás”,  amplia alameda rectangular a la que da sombra ramas de álamos gigantes. Al frente está la gruta donde la hornacina excavada en la piedra cobija a la efigie milagrosa refulgente de luz, sobre altar también labrado en la roca viva. Al otro lado, una fuente de aguas frígidas y cristalinas. El pueblo de Mijas ha quedando un poco al oeste.
La multitud se apretuja por entrar en la capilla cuya cancela de hierro está a punto de caer por la fuerza del aluvión humano.
Nos hemos retrasado hijo mío –dijo la abuela- quién, a duras penas sólo ha conseguido un puesto junto a la baranda de gruesos maderos, gran mirador que da al Mediterráneo, desde donde se disfrutan vistas sorprendentes.
La anciana, agotada y sudorosa, se sienta y dice a su nieto: ¡Persígnate, hijo mío!, la Santa Misa ha empezado.
Enrique se descuelga del cuello de su abuela y los dos se persignan y oran.
La gente lo invade, todo, la Ermita, la explanada y los bancos de obra firme que para comodidad del peregrino abundad. En el presbiterio, bajo dosel escarlata, se sienta el señor Obispo de la Diócesis, Fray Alonso de Santo Tomás, junto a las gradas, la Justicia y Regimiento de la Villa, a continuación, las dos compañías de milicias que la guarnecen, todo el vecindario, muchos romeros y gran número de eclesiásticos.
El sol, a medida que avanza por la cúpula infinita de los cielos, va caldeando el ambiente que ya al mediodía se hace insoportable.
Terminada la función religiosa, autoridades y fieles inician la salida. Sólo quedan los romeros que han venido de otros lugares y los enfermos.
¿Y todos éstos se curarán abuelita? –Preguntó el niño.
¡Si, todos, todos! –contestó con profunda certidumbre la abuela, Francisca. Acaso ahora, dentro de un año, a dentro de ocho o diez. Pero el que crea se curará.
Empiezan a entrar en la capilla los pacientes. En bandeja de plata que junto al altar sostiene el hermano, Diego de Jesús María y San Pablo, van depositando sus peticiones y promesas, tras fervientes plegarias.
Cuando llegó el turno a la señora Francisca, dijo al venerable ermitaño: Hermano, un ruego quiero haceros, y es que permitáis que mi nieto puede besar las plantas de esta milagrosa Imagen, que tal y como ahora está radiante de luz, se me ha aparecido en sueños, revelándome que mi pequeño enrique sanaría acudiendo en peregrinación a su santuario de la Peña de Mijas, besando sus plantas y pidiendo al Señor por su mediación la salud perdida.
La tradición cuenta que, el santo varón colocó al enfermito en el altar, y que en el momento de posar sus labios exangües en las plantas de la imagen, se sintió completamente curado, brincando por si solo desde el ara, recorriendo, sin muletas, varias veces, el recinto de la capilla, ante los ojos atónitos de los presentes.
Momentos después, la abuela Francisca, con lágrimas de emoción, prendía sobre la escultura prodigiosa dos piernas de plata en reconocimiento del milagro realizado, para perpetuidad del mismo; durante mucho tiempo estuvieron también expuestas en los muros del santuario la muletas del pequeño Enrique.

LA PEÑA DE MIJAS, LUGAR DE CURACIÓN
8-9-1683
(Del “Libro Tradiciones Malagueñas”)



1 comentario: